Por: Michelle Morales – Especialista en Gastronomía y Estilo de Vida

Hace una semana estuve en una maravillosa cata de vinos con el enólogo español Raúl Pérez, quien había visitado Bogotá durante esos días. Saliendo del lugar, un martes a eso de las seis y media de la tarde, uno de los compañeros con los que había estado en el evento me sugirió ir a tomar un cóctel a un lugar que le había llamado la atención. Cuando me dijo que estaba ubicado en la calle ochenta y cinco abajo de la calle once, dudé en aceptar ya que esa cuadra nunca se había caracterizado por tener una oferta gastronómica de calidad. Durante años habían predominado los conceptos de comida rápida, frecuentados por jóvenes que salían de las discotecas de la Zona Rosa pasada la medianoche, hambrientos y con poco presupuesto. Sin embargo, las ganas de charlar un rato con mi buen amigo vencieron y nos dirigimos hacia Carlotta.

Cuando llegamos la sorpresa fue enorme, no solo la manzana se había transformado por completo, sino que los locales de comida rápida habían desaparecido para ser reemplazados por una serie de locales nuevos, todos con fachadas muy bonitas que invitaban a entrar. La primera impresión al cruzar la puerta de Carlotta fue prometedora, su decoración estilo Art Deco y acogedor mobiliario de suaves texturas, invitaba a refugiarse del frío de la tarde bogotana. La barra estaba acondicionada con platos, cubiertos y servilletas de tela que inmediatamente nos sugirieron que Carlotta era más que una barra. Decidimos sentarnos allí en unos sillones súper cómodos, forrados con un delicioso terciopelo y un reposapiés anclado al suelo a la altura perfecta. Este fue definitivamente un bar diseñado por alguien que sabía lo que hacía.

Pronto se nos acercó Ángel Duque, el bartender, cuyo nombre no puede estar más acorde con su profesión. Explicó un poco la carta y la filosofía de la coctelería, que se divide en coctelería de mercado (que exalta la biodiversidad colombiana), coctelería experimental (que lleva la coctelería a un nivel más técnico y sorprendente) y clásica (las exquisitas de siempre). Mi colega, que es muy atrevida, se decantó por uno de los experimentales, que se servía en una singular botella de cristal con forma de calavera y de la que emanaba un humo blanco que olía delicioso. Yo, que suelo ser más clásica en mis gustos alcohólicos, opté por un Unusual Negroni que me sirvieron en una copa de cristal estriado que no podía ir mejor con la decoración del lugar. Cada vez me gustaba más Carlotta.

Después de un par de copas, el hambre nos atacó y decidimos mirar el menú. La carta nos pareció cercana, sin pretensiones y con ese tipo de platos francos que te gustan: sosegados, abundantes, sin “espumas” ni “aires”; simplemente deliciosa comida al estilo mediterráneo que tan bien va con el paladar de los bogotanos. Pedimos un tartar de atún, unas patatas bravas y unas croquetas de chorizo, todo en el medio y tal y como iban saliendo. Mientras esperábamos, Ezequiel Rodríguez, el socio administrador del negocio, vino a saludarnos. Es un porteño de unos 38 o 40 años, muy guapo por cierto, que nos dijo que se había venido a vivir a Colombia por motivos de trabajo y que esta era su primera aventura en el país. En Buenos Aires ya había montado tres bares, dos de ellos ganadores de un prestigioso premio de diseño y uno de ellos incluido en la lista de The World’s 50 Best Bars, en el puesto 36 del mundo. Charlamos un rato con Ezequiel y de inmediato sentimos esa pasión que tienen todos los empresarios exitosos en el mundo de la gastronomía.

Pronto llegó nuestra comida y nos quedamos impresionados. Todo estaba en su punto, el atún estaba muy fresco y sazonado en la medida justa para que fuera el sabor del pescado el que mandase en la parada; las patatas bravas venían en una forma cilíndrica que nos maravilló y el alioli era una seda muy delicada que combinaba a la perfección con la salsa brava que tenía una buena dosis de picante. Las croquetas estaban tan crujientes que tuvimos que pedir otra ronda de cócteles. Dejamos a Carlotta contentos y con claras intenciones de volver.

Al día siguiente me desperté aún intrigado y con ganas de charlar con Ezequiel; Quería saber quién era y de dónde sacó toda esa sensibilidad para montar experiencias tan gratas. Logré contactarlo y lo que me dijo no me sorprendió. Había comenzado a trabajar en este campo hace poco más de veinte años con el pretexto de pagar sus estudios de Bioquímica en Buenos Aires, pero como dice este cantinero y diseñador de bares y bebidas, la gastronomía lo eligió a él, al punto de hacer le hizo renunciar a su carrera original para dedicarse de lleno a ese mundo maravilloso que le guiñó el ojo una noche en el exótico bar irlandés Jack The Ripper, en Recoleta. Ezequiel cuenta que luego de salir de su turno en el café Hipódromo de Palermo decidió ir con sus amigos a tomar una cerveza a la barra de este lugar y sentado ahí todo se le quedó claro: las luces tenues, las velas, la interacción de los cantineros con los clientes y uno en particular que protegía a dos chicas que querían beber tranquilamente pero los hombres no las dejaban solas, le mostraron el camino de su vida. Eso era exactamente lo que quería hacer, crear lugares inspiradores y confortables que estimularan los sentidos de sus comensales. Fue así como decidió montar Frank’s y luego Victoria Brown y Osten, tres lugares icónicos de la coctelería argentina.

Ezequiel es feliz en Colombia y siente que a pesar de la falta de su familia, su vocación es acumular historias alrededor del mundo. No en vano es nieto de un par de abuelos aventureros: por parte de padre, un marinero alemán que se pasó la vida recorriendo el mar Caribe y por parte de madre, una chef ferroviaria argentina que recorrió el país de norte a sur sirviendo una una cocina muy especial a pesar del constante movimiento de su cocina. Definitivamente vale la pena visitar Carlotta Bistró, especialmente los fines de semana cuando hay una sensacional banda de salsa en vivo, como en los bares clandestinos de la década de 1920: estilo, música, bebidas y comida en un gran ambiente y cuidadosamente decorado.

CARLOTTA BISTRO

Calle 85 #12-43

Bogota Colombia

Para reservas visita en Instagram @carlottabistro.

SOBRE EL AUTOR:

Como Economista y Sommelier Profesional, Michelle Morales compagina su trabajo de consultoría administrativa y estratégica a empresas restauranteras en Colombia con una participación activa en medios escritos en los que comparte sus historias y experiencias en su principal campo de acción: la gastronomía y el estilo de vida. Adicionalmente, trabaja activamente como Consultor Sommelier para varias empresas del rubro, mientras se dedica a comunicar a través de sus redes sociales, todas sus experiencias en restaurantes, bares, hoteles y diferentes experiencias que por su trabajo y estilo de vida suele disfrutar. .

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